Aunque la infección de madre a hijo es casi totalmente prevenible, la tasa nacional se ubica en el 4%, duplicando el objetivo internacional aceptable. Los especialistas insisten en la importancia de los testeos trimestrales y el tratamiento oportuno para proteger a los recién nacidos.
En el marco de un nuevo Día Mundial de la Lucha contra el VIH, las estadísticas sanitarias vuelven a exponer una deuda que Argentina no logra saldar: evitar que los bebés nazcan con el virus. A pesar de contar con los recursos médicos para prevenir la transmisión vertical, aquella que ocurre durante el embarazo, parto o lactancia, el país registra una tasa del 4%, manteniéndose lejos de la meta del 2% o menos que se considera un control efectivo. Según el Dr. Miguel Pedrola, director científico de AHF para Latinoamérica, esta distancia es significativa, especialmente cuando otras naciones han logrado reducir la transmisión pediátrica a niveles cercanos a cero, demostrando que la falla radica en la interrupción de la cadena de cuidados.
La estrategia fundamental para revertir esta situación se basa en un esquema de control riguroso que muchas veces no se cumple. Los expertos recomiendan realizar un test de VIH en cada trimestre del embarazo, tanto a la gestante como a su pareja sexual, y repetir la prueba durante el periodo de lactancia. Este monitoreo constante es vital para detectar no solo infecciones previas, sino también aquellas adquiridas durante la gestación, las cuales suelen presentar cargas virales altas y un mayor riesgo para el feto. El objetivo primordial es que, en caso de un diagnóstico positivo, la madre inicie un tratamiento inmediato para alcanzar una carga viral indetectable, el factor más determinante para blindar la salud del bebé.
El momento del nacimiento y las primeras horas de vida constituyen una ventana crítica de intervención. Si bien la transmisión puede ocurrir en cualquier etapa, el riesgo disminuye drásticamente si la madre llega al parto con el virus suprimido. Al nacer, todos los bebés expuestos reciben un tratamiento de profilaxis que varía en intensidad según el estado clínico de la progenitora. Posteriormente, el diagnóstico definitivo del niño no es inmediato debido a la presencia de anticuerpos maternos, por lo que se requiere un seguimiento con estudios de biología molecular a los seis meses y pruebas confirmatorias de anticuerpos recién a partir del año y medio de vida.
Finalmente, el manejo de la lactancia materna representa uno de los cambios de paradigma más recientes. Si bien históricamente se desaconsejaba, hoy la evidencia permite un enfoque personalizado: no se prohíbe sistemáticamente, pero se requiere una evaluación minuciosa del riesgo. Para que sea segura, la madre debe mantener una carga viral indetectable, conocer el estatus de su pareja para evitar reinfecciones y contar con un monitoreo médico estricto. Argentina posee las herramientas para erradicar la transmisión vertical; el desafío pendiente reside en garantizar el acceso igualitario a los controles y la información para que ningún niño herede una condición que es totalmente evitable.







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